El silencio indiferente

En tu silencio habita el mío, como dice la canción. Y cuantas veces el silencio  es cómplice de tantas cosas que se destruyen, se derrumban o desaparecen. Y es que el que calla, otorga. Otorga el espacio para que habite un cristal quebradizo que no lamenta pero añora el día en que existió la palabra exacta o la frase justa.

Y qué pocas veces acertamos las palabras y cuantas menos acertaremos la hora de callar. Hablar, callar, quien sabe que es lo adecuado cuando el silencio vacío no permite ni escuchar tu propia voz.

El silencio, otras veces bendecido, otras veces deseado, puede ser un veneno de efecto lento que corroe lo que antaño pudo ser bello o hermoso.

Y es que el silencio, en estos casos, en los casos que éste es una oquedad corrupta, es la bomba atómica que aleja  y destruye los corazones. Y, en ocasiones, es el  sicario del desatino y el refugio de muchos cobardes.

Y, como dice la misma canción, hace que la cuerda tire y tire hasta romperse de verdad.

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