“Bocata calamares” pedagògico. Parte II

Hace un par de meses os anunciaba nuestra gran aventura en Madrid y, aunque no la dejaría de calificar como aventura, sí que, después de un tiempo digiriéndola, le añadiría el epíteto de “particular”.

Bien, la Fundación Claudio Naranjo organizó los días 24, 25 y 26 de Enero el encuentro “De la queja a la Creatividad” y, tal como su nombre indica, transitamos, queriéndolo o no, por ese circuito de emociones con la misma habilidad, en mi caso, que un elefante en una cacharrería.

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Las primeras hormigas exploradoras que aterrizamos en la ciudad-capital-del-imperio lo hicimos el jueves disfrutando de una cena auténticamente china en “El chino del parking”(para quien no lo conozca hay que decir que es, tal como suena, un chino en un parking subterráneo en plena plaza de España de tan magnífica ciudad). Atemorizadas por el frío nos refugiamos en un nuestro albergue sin nombre donde una recepcionista joven y dinámica pero algo atolondrada nos ponía impedimentos a nuestros “extravagantes caprichos” como, por ejemplo, tener dos mantas en vez de una o que nos subiera ligeramente la calefacción de nuestra helada habitación. ¡Mira que llegamos a ser excéntricas!

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Al día siguiente la expedición madrileña se dividió y unas optamos por visitar el Museo del Prado para conocer sus ambientes de circulación libre. Miren y yo disfrutamos mucho de este lugar y de todos sus cuadros de diferentes medidas y grosores. En él observamos detenidamente un ejército de niños y niñas que, como polluelos, iban detrás de una guía del museo súper motivada que empujaba un carro cargado de material que “SOLO ELLA” podía tocar y, a su vez, explicaba con arrojo el descenso de Cristo de la cruz o la rueda de los pecados capitales temas que, como bien sabrán los lectores, siempre son de un gran interés para la chiquillería.

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Después de nuestro paseo que resultó algo decepcionante para Miren por no encontrar ningún cuadro hecho con lana cardada y para mí por no poder documentar la visita, nos reencontramos con la tercera pata de la mesa, Astrid. En nuestro intercambio de aventuras de la mañana delante de un café se nos coló un sabio madrileño que le preguntó a Astrid si era española. Ella, como siempre tan amable, dijo que sí y aquél le pidió que concretara el lugar exacto de dónde venía. Ella respondió “De Barcelona” y este sabio curioso le respondió: “Entonces no eres española, eres antiespañola.”

A partir de ahí se detectó cierta tensión en el ambiente, pero, por suerte, alguien dijo: “Señor, ustedes  piensan eso de nosotros y rechazan la independencia de Cataluña porque saben que entonces se quedarían sin Costa Brava y ese pescado tan bueno que hay.” El sabio sonrió y, aunque seguimos debatiendo sobre si el monarca Juan Carlos y el presidente Rajoy debían de dar la orden o no de bombardear el territorio catalán, también se desveló que el corazón de este castizo personaje latía ardientemente por los placeres que se deleitan en nuestro hogar. De hecho, al final de la conversación irreproducible, miró al cielo y apeló a la divinidad diciendo “Si, en realidad, yo amo Cataluña. Que me perdone Dios.” A este reclamo alguien le respondió: “No se preocupe, seguro que le perdonará porque Dios es catalán. Lo dice Artur Mas.”

Y así nos despedimos de nuestro nuevo amigo que, junto con la recepcionista de nuestro albergue que tantos dolores de cabeza nuestros aguantó, se sumaría al séquito de personas inolvidables que conocimos a lo largo de esos días.

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Ya en la Complutense y unidas a Vero, el encuentro empezó. Así el grupo de 300 personas asistentes fue dividido en grupos de 24 (ni una más) para después dividirse en grupos de 3, luego reagruparse en grupos de 6, después en grupos de 12 y finalmente volver al estado original de 24 y reunirse, otra vez, con los 300. A esta dinámica la denominamos “Dinámica de división y reagrupación múltiple” y es muy importante que el lector la retenga dado que sería la dinámica habitual a lo largo de nuestro encuentro y, por tanto, se nombrará a lo largo de este relato.

En grupos de 24 nos presentamos a través de un movimiento. Así alguien decía, por ejemplo, “Me llamo Ramón y me gustan las salchichas” y después hacía un salto mortal. Por supuesto, contemplaron la posibilidad respetuosa para aquellos adultos que no pueden hacer virguerías con su cuerpo  de mover una ceja o pestañear como alternativa.

Después nos presentamos profesionalmente y allí nos dimos cuenta de toooodo el camino que nos queda por recorrer ya que, ante una señora que se nos presentó como tenedora de una octava de conciencia superior, supimos rápidamente que nosotras nos habíamos quedado en el do bajo. Así que alguna de nosotras pensó que, al volver a Barcelona, hablaría con su profesor de guitarra a ver si se podía acelerar algo el tema de los acordes.

Seguimos la “Dinámica de división y reagrupación múltiple” (ver líneas anteriores) y nos reunimos todos.  Ya no recuerdo demasiado si primero nos reunimos para meditar  y luego para quejarnos o fue a la inversa. El caso es que, en un momento u otro, al atril salieron representantes de cada grupo a expresar sus quejas y aquello duró rato y rato. A aquello le llamamos “Verbalización in extremis de lo que siento, padezco y se me pasa por la cabeza” y también es algo que el lector ha de conservar en la memoria ya que también fue clave durante el fin de semana.  Salimos de allí con una extraña sensación “inexplicable” al encuentro con la otra parte de la expedición que llegaba la noche del viernes.

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Después de comernos una pizza nos fuimos al albergue y yo, en plena madrugada, vomité las quejas de la tarde en medio de una fiebre considerable que yo solo puedo atribuir a lo vivido en la Complutense. Y es que por nada del mundo me atrevería a culpar de mi repentino estado enfermizo a haber pasado un frío lamentable la noche anterior puesto que eso es imposible dado que con una manta de sofá del IKEA eso jamás podría suceder.

Así que, bien pronto, mis compañeras se fueron mientras yo me debatía en mí misma entre continuar debajo de mi manta de papel de fumar e intentar ascender a la octava de conciencia superior o ir a la Complutense a pasar de la queja a la creatividad.

Finalmente me decanté por lo segundo y entré en el taller que realizaban mis compañeras y que, previamente, habíamos preparado con mucho amor. La verdad es que el clima era muy diferente al del día anterior y el debate que se generó fue muy bello. En realidad, lo que se podía ver era algo simple: gente sencilla hablando de cosas del corazón y en un entorno recogido donde las personas iban compartiendo lo que las vivencias planteadas le sugerían. Y esa fue también la sensación entrañable que me transmitieron mis colegas y que se había vivido a lo largo de las tres sesiones que hicieron del taller. Al parecer así fue también para otros de la expedición que asistieron a otros talleres que organizaban otras personas.

El resto del sábado y del domingo transcurrió entre meditaciones, explosiones de creatividad enfervorecida, conclusiones y, por supuesto, de “dinámicas de división y reagrupación múltiple” y “verbalizaciones in extremis de lo que siento, padezco y se me pasa por la cabeza” que recuerdo de un modo confuso no sé si por mi estado de salud o por tener una conciencia, en general, muy poco desarrollada. La cuestión es que, a pesar de mi relato en tono jactancioso, he de decir que me pareció muy grato que personas dispersas en el territorio y con ganas de hacer y replantearse la cuestión educativa se pudieran encontrar en un espacio donde poder expresar inquietudes y compartir ideas y prácticas interesantes.

Quizás, por ser como soy y sentir como siento, el envoltorio no fue, para mí, el más adecuado ya que me desenvuelvo mucho mejor en entornos más íntimos y asequibles. Pero lo que está claro y lo que cuenta de verdad es que para muchos fue un encuentro satisfactorio. Y yo me quedo con eso: con las sonrisas de cientos de personas que, sin aspirar a ascender a los cielos, se cuestionan lo cotidiano para que sus alumnos sean, cada día, más felices.

Con haber podido ver eso ya me siento agradecida de haber vivido esa experiencia.

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8 thoughts on ““Bocata calamares” pedagògico. Parte II

  1. Isa, he disfrutado mucho leyendo esta crónica de “bocata calamares”!! Me siento afortunada de que estéis ahí, de vuestra unión, de vuestras risas y comidas chinas en parking subterráneo, de la pasión que sentís por vuestro trabajo. Por cierto, ¿Cómo se le ocurre al Museo del Prado no tener un cuadro de lana cardada?
    Un abrazo!
    A la próxima jornada te llevas una mantita eléctrica.

    • ¡Gracias Hortensia! Ya sabes por quien lo hacemos todo esto, no??? ¡Por vosotros y por vuestros hijos! Y de paso lo disfrutamos!!! ¡Me apunto lo de la manta eléctrica!

      ¡Un abrazo bien fuerte!

  2. Molt bona crònica de la vostra aventura. La veritat és que he rigut molt i, a estones, dubtava del profit personal i professional que hauries pogut treure, però la conclusió m’ho aclareix bastant.
    No sabia que podia trobar tants eufemismes en un text!!!! jaja.
    M’encantaria conèixer a aquesta dona amb la octava de consciència superior perquè m’il·luminés i em fes veure la llum.

  3. Gràcies per explicar-nos la crònica de “Bocata calamares” pedagógicos. He gaudit llegint la vostra experiència. He gaudit llegint totes les vostres vivències.
    Espero trobar-vos al III congrés: La Excelencia en educación: corazones en acción.

    • Gràcies per llegir-te la crònica i compartir el teu punt de vista. Pel que respecta a mi i a l’assistència al III Congrés, jo no hi aniré. Espero que sigui molt interessant i el gaudeixis molt, Joana!!!

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