El león que se despierta. Capítulo III: Jugar con el cuerpo, pensar con las manos.

Las áreas exteriores del “León dormido” son un verdadero paraíso para todos aquellos que chupamos asfalto, nos perdemos en las mareas de personas en el subsuelo y no vivimos la plena oscuridad  más que cuando bajamos las persianas de nuestra habitación. Por no decir de que nos resulta más fácil ver una constelación en los libros que en el cielo lleno de contaminación de cualquier ciudad medianilla.

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Vistas del volcán “Cotopaxi” desde el “Tambo”


Camas elásticas gigantes en las cuales crees que volar y tocar las nubes es algo posible, juegos de madera que ponen a prueba el equilibrio y, de paso, el vértigo de cualquiera, ruedas en las cuales te ríes de cómo ves todo tu mundo girar, “tirolinas” que solo encuentran el freno de tu propio entusiasmo, laberintos de sensaciones, atalayas que te hacen sentir como el vigía de un faro en un mar de árboles y hierba fresca, flores que revientan de felicidad, jardines que son farmacias naturales, riachuelos que generan melodías sutiles, senderos de piedras blancas y breves puentes de madera que te adentran en un mundo de hadas y duendes, vistas espectaculares a los dioses volcánicos que nos observan con sus bocas calladas por la nieve y la magnificencia de una presencia magnánima y amenazante, hamacas para soñar con un mundo sin gravedad y sin agravios y casas de formas poliédricas casi imposibles con suelos de madera,  entradas de luz para calentar el corazón, aire fresco, aire fresco, aire fresco, un clima incontrolable y, sobre todo, silencio.

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Exteriores del “CEPA 1”

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Exteriores del “CEPA 1”

A una altura más que respetable, el “León dormido” te ofrecía un  paisaje humano y natural que a todos nos tentaba. Saltar, volar, respirar, escuchar, tocar e ir despertando algo instintivo animal que estaba escondido en algún lugar lejano de mi alma fue una tónica habitual mientras permanecí allí. Jugar y gozar con el cuerpo, con la libertad de la que se disfruta en un lugar donde el tiempo y el espacio forman parte de otra dimensión fue haciendo que la niña que hay en mí, fuera dejando escapar su sonrisa, haciendo brillar sus ojos y permitiéndose ser un poco más traviesa, más pícara y más decidida. Alguien me dijo estando allí “Isabel, en el León, te ríes como una niña.” Seguro que sí, seguro que no era una percepción subjetiva porque la niña Isabel, estando allí, fue rehabilitando algunas de sus heridas, recuperando su frescura y dándose permiso para salir a pasear acompañada de toda su fantasía e ilusión. Si, en algún lugar puede existir la magia, es en ese corazón de niña y si ella allí vio hadas y duendes, si sintió que había algo más que nos trascendía a todos y cada uno de nosotros…pues ¿por qué no? ¿Por qué no permitirle ese lujo a mi niña, mi niña-corazón, mi niña-alma de sentir cosas que hasta hace poco le estaban vetadas? Y sí, jugando, jugando y volando por los aires fui yo a lo largo de todas mis edades: fui niña, joven y vieja a la vez y sentí que la vida vibraba en mi interior y la sangre bullía y, a veces, me mareaba de la intensidad, la altura y de girar y girar sin parar…pero esa es la vida: un giro de 360º que te lleva al mismo destino y, por eso debe ser, que lanzarte a la vida siempre entraña vértigo.

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Exteriores del “CEPA 1”

Cuando eso sucedía allí estaban Mauricio, Rebeca y los habitantes del “León dormido” para recogerte del suelo y decirte casi como un mantra: “Fe, fe en la vida. Mientras hay vida hay esperanza.” Y salías otra vez a correr por los campos, a estrellarte con el suelo, a enfrentarte a una barra de equilibrios que siempre sabes que jamás llegarás a cruzar por completo, pero, a pesar de ello, seguir insistiendo y a crecer lo suficiente para volver a ser niña  y sentir  como tuyo lo que decía Rebeca “Yo soy como una niña, una niña chiquita.”

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Exteriores del “CEPA 1”

Y después de las charlas con Rebeca, Mauricio, Esperanza, Edgar, Norma, Aida y tantos otros salía escopeteada a lavar mi ropa, a sentir el frío en la piel, el olor del jabón y el sonido del agua que, marcando el ritmo de mis pensamientos, me ayudaba a limpiar los tejidos de mi alma que se habían ido embruteciendo con las incoherencias de un mundo moderno que tiene muchas comodidades y, a su vez, muchas contradicciones.  Y así me reconciliaba con mis manos mientras el caño de agua lloraba todo lo que un día se me olvidó de llorar para pasar a jugar con mis dedos, con la taptana, el ábaco, las perlas de colores y demás materiales que más que enseñarme sobre matemáticas me mostraban  el camino hacia mi corazón.

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“Lavandería” del “Tambo”.

Y, en medio de ese bullicio de pensamientos, sensaciones y emociones, me di permiso para coger instrumentos musicales y cantar sin palabras las canciones que la niña Isabel sabía y la adulta Isabel había olvidado y, alrededor de una hoguera que iba ahuyentando los malos espíritus y con la colaboración de mis compañeros y compañeras, fuimos construyendo una melodía ancestral con la silueta del “León dormido” como testigo último de nuestros cánticos. Y, en ese momento casi sin darnos cuenta, nos vestimos con ropas invisibles de magos y brujas para invocar el poder de nuestros corazones y la fuerza y el coraje que los seres humanos, en momentos de desesperación, son capaces de hacer brotar.  Allí nació todo y allí todo murió porque las hogueras y la música auténtica nos unen, sin remedio, a los seres humanos de todos los tiempos: los que fueron, son y serán.

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Y llegó ese día mágico en el cual la naturaleza por fin se abrió a mí y, en plena noche, en plena soledad, afloraron decenas de puntos de luz, luciérnagas que bailaban enamoradas y exhibían su amor por el aire, entre la hierba y encima de las piedras. Había silencio, solo estaba yo y las luces amorosas que tejían el silencio de ese instante. Y yo no supe ni sabré si, en ese momento, soñaba con la vida o es que estaba, de forma irremediable, empezando a vivir un sueño.

Leer el capítulo I aquí y el capítulo II aquí.

8 thoughts on “El león que se despierta. Capítulo III: Jugar con el cuerpo, pensar con las manos.

  1. Retroenllaç: El león que se despierta. Capítulo II: La espera. | Cafè Pedagògic

  2. Retroenllaç: El león que se despierta. Capítulo I. | Cafè Pedagògic

  3. Retroenllaç: El león que se despierta. Capítulo IV: el silencio. | CAFÈ PEDAGÒGIC

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