“Picnic en Hanging Rock” o una pérdida descorazonadora

La pérdida y la ausencia son palabras que tan solo nombrándolas nos pueden estremecer. Perder aquello que amamos nos horroriza, como es lógico, pero también el orgullo o la dignidad son cuestiones que jamás queremos perder.

En el picnic que se desarrolla en un día de San Valentín de 1900 se pierde todo esto y mucho más. En ese día se produce una devastadora pérdida de la inocencia y, con ella, la caída de unos valores victorianos rancios que empujan en contra de la vida.

Unos valores contra los cuales todavía luchamos ya que, sin darnos cuenta, continuamos restringiendo nuestra vitalidad y nuestra emoción imponiendo a nuestro corazón razones de más y razones de menos. Nos manchamos las almas con juicios, con miradas rígidas que no aceptan el error y nos comportamos como la directora de una escuela que huele a humedad y polvo.

La directora del colegio Appleyard que, en el libro “Picnic en Hanging Rock” escrito por Joan Lindsay, tiene ínfulas de viudedad perfecta y de rigor inglés que, con toda la intención, ahoga, asfixia y oprime la vida cotidiana de unas muchachas que tan solo quieren entregarse a la vida en su forma más pura.

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Fotograma de la película “Picnic at Hanging Rock” (Peter Weir, 1975) via ttylusa

Esta directora, que tan bien se sabe el manual de la perfecta institutriz, llena de vapor hasta el extremo la olla y empuja a unas alumnas y a una de sus profesoras, la de matemáticas, por el orificio de la misma. Así alzan el vuelo, se desvanecen, se evaporan y tan solo ellas se liberan del caos que seguirá a su desaparición.

En esta novela y en la película que inspiró (Peter Weir, 1975) se nos presenta un paisaje árido y duro que conecta con unos personajes encerrados en sí mismos y en las duras normas de la sociedad del momento. El trágico incidente del picnic en Hanging Rock  es una sombra que tiñe sus vidas y provoca un quiebro que pone en evidencia la dicotomia de una cultura que divorcia el instinto, la emoción y el pensamiento.

Pero, lo curioso del caso, es que el lector o el espectador no se sienten lejanos a ese día, a ese momento ni a ese lugar porque los valores cambian, los criterios también, pero la insana costumbre de juzgar al vecino con una vara más cruel y dura que con la que nos juzgamos a nosotros mismos continua.

Y, aún peor, el aferrarse a unas normas rígidas, velar por su cumplimiento intransigente y sin condiciones variables y no ver a las personas que hay detrás de las mismas es algo de lo cual nos cuesta mucho salir y, como esas dulces adolescentes, nos quedamos, muchas veces, encerrados y perdidos en oquedades infinitas. 

No somos perfectos, tenemos mucho que aprender y es algo que descubrió incluso esa directora tiesa y estricta que apuntaba con un dedo acusador a todos aquellos que se saltaban la moral o las normas del colegio Appleyard.

Fue duro su descubrimiento, léanlo o vean la película sino se lo creen mientras se queda prendido en sus corazones el dolor de la pérdida, el vacío que deja la ausencia…

2 thoughts on ““Picnic en Hanging Rock” o una pérdida descorazonadora

  1. Buf,… qué duro, qué triste, y supongo que… qué lleno de paralelismos. Espero que la realidad sea mucho más leja a que de la propuesta de ficción. Un abrazo y que grande volver a entrar en “cafè pedagògic”.

    • Una propuesta de ficción muy sugerente…¿Dura? Quizás. A mí tanto el libro como la novela me han dado mucho que sentir y que pensar. Hay mucha luz y destellos en una historia que, de inicio, parece muy oscura. Como la vida misma…
      Gracias por aparecer por aquí!!!

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