La envidia de pene

Que hoy me he levantado un tanto feminista es algo que, últimamente, viene siendo frecuente. No es que me esté justificando, solo lo constato. Tampoco es nada nuevo que a mí hayan cosas de Freud que me chirríen y me parezcan que superan el sabor a añejo para llegar a oler de forma rancia. De hecho, esto tampoco  no es nada nuevo para mucha gente, pero dejadme, dejadme que me sienta innovadora dejando una de las ideas de Freud un poco en la cuerda floja.

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Dibujo de Toulouse Lautrec via Me sabe a)mar.

Vayamos a ella: la envida de pene.

Que el pene es un organo hermoso, no lo niego. Que el pene es un organo que muchos hombres disfrutan y muchas mujeres también, tampoco lo niego. Que el pene es vistoso y que tiene un lugar claro, tampoco. Pero de ahí a tenerle envida al pene, señor Freud, señor Freud…Me parece que usted está confundido.

Que envidie que, a lo largo de la historia, los hombres hayan contado privilegios mayores que las mujeres. Pues sí. Que la mujer (al igual que los niños y las niñas) hayan sido ciudadanos de segunda o, incluso, se haya considerado que no llegan a esa categoría, más que envidia me genera una cierta animadversión. Que social, cultural y económicamente se haya valorado más el pene que la vulva o el útero, pues me parece algo que habría que cambiar definitivamente, pero envida, pues no y menos del pene en sí. 

Igual, en la sociedad y el contexto que Freud desarrolló sus teorías las mujeres podían tener envidia de todo lo anterior, rabia (seguramente inhibida) y estar enfadadas porque su sexo era considerado menor que el del hombre. Pues evidentemente que podía ser así,  pero envidiar el pene en sí mismo me parece algo relativamente ridículo: las mujeres no somos tontas…

En la sociedad y cultura que yo vivo también siguen habiendo desigualdades (de muchos tipos no solo por género o sexo) y también es cierto que los genitales y los órganos reproductores femeninos están silenciados y ese es otro tema y del cual hay que hablar para, de una vez por todas, dejar en la cuneta una teoría que no se sostiene ni con pinzas.

El ser humano cuenta con una particularidad biológica que a mí, personalmente, me parece maravillosa: el dimorfismo sexual o, lo que es lo mismo, las diferencias morfológicas en relación al sexo. Y el problema es que a esa diferencia se le ha cargado de valor peyorativo. Cuando esa diferencia, ciertamente, tiene un valor: el mismo que tiene la diversidad humana, que es un gran tesoro.

El pene es un órgano maravilloso, curioso y fascinante; pero el útero y sus acompañantes también lo son. Pene y útero vibran, palpitan y tienen casi lo que se me antoja una vida independiente de sus dueños: están repletos de vida, cada uno a su manera.

En un mundo donde esto se silencia, se acalla y los órganos femeninos, encima de estar, relativamente, más escondidos que los masculinos, son obviados e ignorados hay una parte de nosotros, de todos los seres humanos, que languidece, se acartona, se queda gris y rígida.

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Obra de Magritte via Choisart

No, envidia de pene, no. Es, simplemente, la necesidad de reconocimiento, de dar el lugar que cada uno ya tiene por mandato natural. Y me parece increíble que, a estas alturas, aún nos encontremos manuales (como, por ejemplo, el que yo usé para estudiar las oposiciones) que consideren como una certeza el hecho que para que las niñas se transformen en mujeres tengan que pasar por esa envida absurda. Sí porque esa teoría aún se estudia y se memoriza por hombres y mujeres que repetimos cual loros sin llegar a entenderla del todo.

Ni los niños ni las niñas conocen el útero y, al darle un gran valor al representante masculino de nuestro baile sexual, los niños y las niñas se hacen preguntas que más tarde olvidamos. Si las mujeres habláramos de nuestro útero, si nos hicieramos conscientes de la vida que por sí solo ya tiene (ni que hablar cuando éste alberga una criatura), de como palpita y vibra y como nos da una información maravillosa sobre nosotras mismas no habría ni envida ni envidio. Y tampoco hace falta hacer grandes maravillas para que esto sea así. Tan solo hace falta sentirlo, ser conscientes de ello y darle presencia en nuestras vidas.

Porque ya está bien de hacer partir el desarrollo de la identidad femenina desde la carencia, desde aquello que nos falta o desde aquello que nos sobra (nos falta un pene y nos sobran hormonas, pero el caso es que nunca estamos en el punto justo). Porque también ya está bien de justificarnos y excusarnos por no ser “estables”, “lineales” o “siempre iguales”, cuando nuestros ciclos son sabios, oscuros, brillantes al mismo tiempo y llenos de conocimiento ancestral. Cuando, precisamente, podemos aportar y ya aportamos una conexión con la vida y con la muerte portentosa al entorno que nos rodea y a la propia historia de la humanidad.

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Pieza de Lucien Freud via Alternapalabra

Porque el útero es el templo de todos los seres humanos y el pene es nuestro báculo sagrado universal. Sin el uno y sin el otro no existiriamos y tanto uno como el otro merecen tener su espacio y su lugar, ser conocidos, respetados y entendidos desde todas sus dimensiones: psicológica y biológica.

No hay carencias, de punto de partida, en nuestro desarrollo. A la inversa, una gran riqueza: la riqueza que radica en la belleza de nuestra diferencia. En el orgullo de sentirse hembra y mujer y en el orgullo de sentirse macho y hombre reconociendo a nuestro otro, a nuestro opuesto como complementario en el tránsito fisiológico y emocional que representa la propia vida.

Convirtámonos en cómplices con ellos, con nuestros maridos, amantes, amigos, padres, hermanos e hijos y recorramos juntos como madres, abuelas, hijas, nietas, sobrinas, amigas y amantes el bonito camino de reconocernos seres completos desde nuestros inicios (independientemen de ser hombres o mujeres), con luces y con sombras, con emociones y pensamientos y sí, con envidias también, pero cada uno las suyas, las propias, sea hombre o mujer, sin más. 

Y rechacemos abiertamente y sin tapujos la idea que el buen desarrollo femenino pasa, inevitablemente, por una envidia o una carencia que no es inherentemente nuestra, al revés, nos viene impuesta. Nos han dicho que la tenemos y nos lo hemos creído. Pero no es cierta. La única certeza es que hemos nacido para amarnos como hombres y mujeres, entre nosotros, entre vosotros o entre nosotras, da igual cómo o con quien. Pero para amarnos de forma completa desde nuestra plenitud, desde el sentimiento de ser suficientes para el otro y para los demás y mostrar nuestro orgullo de género, identidad, sexo o raza a los niños para que ellos también se amen a sí mismos y entre ellos en plena libertad. 

4 thoughts on “La envidia de pene

  1. Hola Isa! Que xulo aquest post! Tot just aquest estiu he llegit un llibre de la premi Nobel Doris Lessing que es diu “La Clivella” i que, a través d’una mena de conte molt interessant, tracta precisament d’això. A veure si ara que tindràs temps de llegir li fas una ullada😉 Petons!

    • Gràcies Eduard! La Doris Lessing em va deixar totalment seduïda quan, fa uns anys, vaig anar a veure “Play with a Tiger” i em va moure molt amb el “Quadern daurat”. De ben segur que “La Clivella” m’agradarà. M’apunto la recomanació!!

      Una abraçada!!

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