Desplegarse

Comprobé que las niñas, que durante mis clases parecían desenvueltas  y libres, de cara a la vida cotidiana no sabían conservar esta soltura; no eran capaces de reproducir ese estado de máxima elasticidad que vivían  al ritmo de la música, al enfrentarse a otras situaciones, y menos aún en aquellos casos en que más falta les habría hecho: frente a las situaciones del colegio y la vida, y ante sus propios conflictos y dificultades. Para ello carecían de toda capacidad de transferencia, a pesar de la gimnasia escolar, de mis clases y del deporte.

Elfriede Hengstenberg, 2012, p.12

Me gusta la palabra desplegándose. Es tan visual en sí misma y, a su vez, tan sonora que, sin entrar en descripciones concretas, dice tanto diciendo tan poco.

Quizás fue por eso que, en pleno encuentro bibliográfico con Emmi Pikler y sus continuadoras, descubrir la obra que tiene por título la palabra “Desplegándose” me atrajo en seguida.

En ella, Elfriede Hengstengberg nos narra, a través de muchas experiencias prácticas y muy poca teoría, la historia de unos niños que consiguen habitar sus cuerpos mientras desarrollan sus almas.

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Imagen del libro “Desplegándose” via La Liebre de Marzo

Es un libro sencillo, pero profundo. Accesible, pero que requiere varias lecturas y que, fácilmente, se puede convertir en libro de cabecera de muchos.

Supera el concepto que tenemos de la educación física convencional porque pone en evidencia que la vivacidad, la energía y el sentido de tener un cuerpo completo que integra una identidad y una forma de entender la emoción va más allá de ejercicios de tonicidad o de la corrección de unas posturas inadecuadas.

Desplegarse implica conectar cuerpo y alma con el entorno, con la naturaleza, con aquel impulso vital que nos permite explorar lo que nos rodea y eso es lo que explica Elfriede Hengstenberg en esta preciosa joya imprescindible para cualquiera.

Al fin y al cabo, ante cualquier área o ámbito del conocimiento y del desarrollo humano nos encontramos con el problema de la transferencia, la dificultad que aquello que se aprende en un entorno artificial como el que se da en cualquier institución sea significativo e integrado en la vida cotidiana y, más allá de eso, que lo que aprendamos nos sirva para enfrentarnos a los obstáculos y para ayudarnos a crecer de forma integral.

En ese sentido, trabajar con el cuerpo sin más no significa necesariamente aprender a habitar nuestro cuerpo y sentirlo como algo que nos acompaña en la vida, como cómplice de nuestro impulsos y energía, de nuestros sentimientos y como espejo de nuestras vivencias. Del mismo modo que, aprender el algoritmo de una suma, no es garantía de comprensión del proceso intrínseco al mismo. Usar un pincel no nos da la condición de artistas y realizar actividades corporales tampoco es algo que garantice que cuerpo, mente y corazón se conviertan en aliados. 

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Imagen del archivo personal de Elfriede Hengstenberg via Illafeldenkrais

Y, la verdad, según mi parecer, no vale perder el tiempo haciendo ver que aprendemos con actividades y propuestas que, aparentemente, son atractivas porque lo interesante es aprender de verdad: con conciencia, con sentido y con la capacidad de integrarlo en nuestra vida y eso no lo garantiza la atracción por la atracción.

Según mi punto de vista, los niños tienen mucho tiempo si lo invierten en su verdadero despliegue y poco si se les hace perder de vista lo que verdaderamente es importante para ellos. Desplegarse, por tanto, va más allá: es no perder la conexión con uno mismo, sentir que uno es capaz como cualquier otro, encontrar su justa medida que poco tiene que ver con la del vecino y huir de las competencias.

El deporte convencional nos impulsa a la competencia, no a sentirnos capaces, sino a obligarnos a sentirnos más capaces que los demás, en definitiva, a forzarnos a ser el más capaz. Eso nos obliga a mirar hacia fuera, a imitar sin saber si nosotros estamos preparados, a querer ser el otro: el que corre más, el que baila mejor, el que escala más alto. Y nos lleva, inevitablemente, a alejarnos de nosotros mismos.

Esto, cuando se da a una edad en la cual un niño mayor, un adolescente o un adulto ya tienen un recorrido que les permite enfrentarse a este tipo de peligros  y compensar esta desconexión, puede ser, incluso, un impulso para mejorarse a uno mismo, para enfrentarse a sus propios límites y superarlos, para desarrollar la capacidad de asumir la frustración, etc, etc, etc…

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Elfriede Hengstenberg en acción con niños via Der Tagespieggel 

Pero, a edades tempranas, resulta peliagudo entrar en según que cuestiones…Resulta importante, por tanto, que en las escuelas educar en cualquier área o ámbito vaya más allá del mismo, se vea con amplitud de miras y se pueda hacer vivir desde su función como instrumento para conocernos a nosotros mismos, conectar con los demás y ayudar a desplegarnos en el mundo.

Porque, al fin y al cabo, tal y como dice Elfriede Hengstenberg (2012, p.20):

Es muy importante para la vida del niño descubrir que el que una tarea no nos salga bien depende en primer lugar de nosotros mismos, que es fruto de nuestro comportamiento el que no nos apañemos con las situaciones de nuestra vida y dejemos que el trabajo nos venza y nos reste fuerzas.

Es muy importante para la vida de los niños darse cuenta, en la práctica, que en el fondo solo depende de volver a despertar en nosotros la capacidad de probar: comprobar en uno mismo cómo las funciones del cuerpo se adaptan en cada caso al comportamiento racional o irracional. Con qué disposición, tan pronto los utilizamos en una correlación viva, reaccionan al tronco y los miembros, la respiración y la voz.

Una utilización racional, sin embargo, se basa en primer lugar en una predisposición llena de confianza. Se verá que no solo son capaces de funcionar en este sentido unos pocos elegidos  y capacitados, sea cual sea la actividad, sino todos nosotros.

Del mismo modo y añado a lo que comenta Elfriede, todos somos capaces de vivir una vida plena, con energía y vigor, reponernos a las adversidades, superar los obstáculos y disfrutar de los momentos de bienestar.

La felicidad no es para solo unos pocos elegidos, es para todos nosotros y está ahí, detrás de la esquina, aguardando a que nos sintamos capaces de disfrutarla, de acogerla como el regalo que cualquiera se merece y que, por tanto, no es cuestión de transformarse en un ser competente como los demás, sino en descubrir que ya lo somos, así tal cual. 

Referencia bibliográfica: 

  • Hengstenberg, Elfriede (1994): Desplegándose. Imágenes y relatos de mi labor con niños. La independencia del niño en quietud y en movimiento. Barcelona: La Liebre de Marzo, 2012.

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