Mantener el optimismo

Hay momentos de todo tipo a lo largo de una vida. Y, entre ellos, hay momentos en los que resulta difícil salir hacia delante y pensar que puede haber un futuro mejor.

A pesar de ello y a pesar que ha habido culturas y sociedades enteras olvidadas en el polvo, el ser humano ha sobrevivido y se mantiene en pie, erguido y con ganas de seguir adelante.

Siempre ha existido la adversidad y, por suerte, siempre ha existido el instinto de supervivencia. 

Paradójicamente, dicen que la fe y el instinto de supervivencia se ubican en el mismo cerebro (el más primitivo de los tres que tenemos) y que, por tanto, no se puede entender la supervivencia del ser humano sin un sentimiento universal de trascendencia, de atravesar lo inmediato para entregarnos a objetivos mayores que nosotros mismos y que van más allá de nuestra propia existencia. De una manera u otra, los seres humanos siempre hemos pensado en nuestros hijos, en nuestros nietos y en los hijos de nuestros nietos. Y, si bien hemos pensado en ellos, no siempre hemos tenido los mismos criterios, pero ese no es el tema del que quiero hablar (me lo reservo para otro post).

De lo que quiero hablar es que, de una manera u otra, ese sentimiento de trascendencia ligado a la supervivencia nos puede llevar a tres tendencias en nuestro pensamiento y, a su vez, en nuestra proyección personal y en nuestra proyección como especie. Veamos:

  1. Pensar que somos una especie deplorable, capaces del mal más absoluto, que no vamos a sobrevivir tres generaciones más y que todos llevamos, en nuestro interior, la semilla del mal incrustada en nuestros corazones.
  2. Creer que somos seres de absoluta luz, cargados de bondad hasta las trancas, sin ápice de maldad y que vamos a alcanzar una conciencia superior que nos va a conectar, por fin, con la esencia divina que tenemos en nuestro interior.
  3. Aceptar la naturaleza humana global y completa integrando las dos opciones anteriores y pensando que, en cada decisión que tomamos, hay todo un mundo por descubrir que nos acerca a ser mejores o peores personas y, en consecuencia, hacer un mundo mejor o peor para los demás que lo habitan.

En ese sentido, una persona, tal y como ya dijo Víktor Frankl no es buena o mala en esencia, son sus acciones quien determinan su maldad o bondad. Son sus decisiones y cómo las lleva a cabo lo que marcan su tendencia. Es decir, para ser buena o mala persona, hay que caminar y hay que asumir con valor las consecuencias de esos pasos.

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El psiquiatra Víktor Frankl via Brainpickings

El mismo psiquiatra describe, como atendiendo a supervivientes de los campos de concentración nazis (él mismo lo fue), descubrió que muchas personas usaban las circunstancias de su pasado para justificar actuaciones negativas o dañinas en su entorno. En cambio, otros no permitían que el odio o la venganza se instauran en sus vidas, a pesar de haber vivido atrocidades varias. Estos últimos, hallaban la felicidad y, lo que es más importante, conseguían que los que había a su alrededor también lo fueran.

Supongo, a mi entender, que ninguna de los dos opciones es fácil puesto que tan complejo debe ser instalarse en el odio y pudrirse en él (ya que las consecuencias de ello, son nefastas) como asumir la otra opción. Ya que tampoco debe ser sencillo poder sobrevolar experiencias altamente traumáticas y dejarlas atrás.

Aún así existen personas que se inclinan hacia un lugar o hacia otro y, aunque a todos nos guste reconocer nuestra luz, en algunas ocasiones, todos cojeamos hacia la oscuridad, sobre todo, cuando no la aceptamos y no aprendemos a convivir con ella.

Lo que está claro es que la supervivencia también nos impulsa a los humanos a buscar un nivel de bienestar, nos lleva a ir más allá , a trascender y a buscar formas positivas de vivir. Por tanto, dejar atrás, al fin y al cabo, debe ser una actitud inteligente que más vale ponerse a practicar.

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Gandhi via Social Action

Dicho esto, vale la pena, pues, rodearse e inspirarse de personas que tengan este lema y que pisen fuerte por el mundo teniendo la intención clara de ser felices y buscar el bienestar de ellos mismos y de su comunidad. Ejemplos todos conocemos, son los y las grandes como Gandhi, Maria Teresa de Calcuta o el mismo Frankl que con sus vidas parece que nos dejen a todos en evidencia.

Está bien que sepamos que de esta gente grande hay bien pocos, pero todos podemos ser grandes en un entorno pequeño y, yo de verdad, creo que, con eso, basta. No hace falta más. Hay cosas bien sencillas y pequeñas que pueden contribuir al bienestar de una pequeña comunidad y, al nuestro propio.

Por eso, me gustó esta historia sencilla y compleja que encontré hurgando por las ya populares TEDxTalks. La historia de dos madres que, a pesar de tener las mejores razones para justificar su odio mutuo, de alimentar la sed de venganza y de desearse lo peor optaron por buscar otro camino mas positivo conjunto.

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Maria Teresa de Calcuta via El Periódico

Una, norteamericana y madre de una de las víctimas del famoso atentado de las Torres Gemelas. La otra, musulmana y madre de uno de los terroristas que perpetró dicho atentado. Grandes las dos.

Ante encuentros así, a una le tiemblan las piernas y le late el corazón a mil por hora y la emoción hace brillar los ojos porque, con ejemplos como el de estas dos mujeres, es fácil mantener el optimismo.

Ahí os dejo con el vídeo:

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