¿Por qué desautorizar al maestro y la maestra de tu hijo o de tu hija puede suponer desautorizarte a ti mismo o a ti misma?

Eva Bach dice “Cuando los padres descalificamos a un profesor, le negamos a nuestro hijo el permiso para aprender con él”.

Sobre esto quiero escribir hoy porque es algo que me preocupa, sobre todo, las consecuencias que este tipo de cuestiones pueden tener en los niños y en las niñas. 

Es cierto que la figura del profesor/a y del maestro/a ha cambiado con los años y mucho se comenta sobre su pérdida de autoridad y cómo puede ser cuestionado por las familias o la sociedad en general. 

No me gusta a mí, particularmente, esa figura asociada, en un pueblo, a la autoridad que emana del cura y del alcalde como arquetipo de una España antigua y un poco casposilla. No creo que eso sea lo adecuado. 

Tampoco soy yo de esas maestras que quiera atesorar regalos de agradecimiento o una estima ciega hacia mi figura, ni mucho menos. De hecho, yo no trabajo para ser querida, yo trabajo porque quiero a la infancia. Sé que eso, en ocasiones, esa estima por aquello que la infancia necesita puede significar no ser querida. En ese sentido, yo soy de esas que quiere y ama, a pesar de no serlo de vuelta. No busco cubrir con mi profesión las carencias de mi vida. Como tampoco lo hago con mi maternidad, ni con mi relación de pareja, ni con la amistad. 

He de decir que soy de esas personas que considera que el debate nutrido entre familias y escuela y el intercambio de saberes y puntos de vista estando cada parte en el lugar que le pertoca, es motor de crecimiento. Siempre que se entienda que un proyecto de escuela (que cuesta mucho esfuerzo subir para arriba) no puede moverse en su esencia por opiniones o puntos de vista, se puede nutrir y enriquecer; pero no transformarse sino hay de base un rigor científico y una reflexión docente. 

No obstante, una cosa es el debate o el intercambio y, otra cosa, son las actitudes defensivas que se disfrazan de cuestionamientos y actos de desautorización hacia las acciones educativas que ha llevado a cabo un maestro o maestra en cuestión. 

Esto ocurre. No nos engañemos. Y puede ser el fruto de un primer impulso. Pero no somos niños ni niñas que estemos en proceso de aprender a controlar esas acciones y como adultos y adultas nos toca revisar estos impulsos y saberlos ubicar en el mejor lugar: un lugar que vaya a favor del crecimiento de nuestros hijos e hijas. 

Cuando una familia descalifica o desautoriza a un maestro o una maestra y cuestiona sus acciones delante o detrás de su propio hijo o hija, ha de ir con sumo cuidado, pues está plantando una semilla de una planta que más tarde puede recoger ese hijo o hija de un modo que no le guste al padre o la madre. Y, sobre todo, perjudicial para él mismo o ella misma. 

Os explico por qué. 

Una familia escoge una escuela. La escoge por una serie de razones y no es una decisión en la que tome parte el niño o la niña. El niño o la niña ha de aceptar esa decisión y hacer el esfuerzo de dejar de estar en su núcleo familiar cálido y acogedor (lo suponemos así) para pasar  a un entorno colectivo, institucional, con normas y reglas, necesariamente, diferentes a las de su hogar (pues por ello una escuela es una colectividad). 

Al llevar a cabo ese esfuerzo, en ocasiones, se deja la piel. 

Cuando el padre o la madre desautoriza la escuela o a algún maestro o maestra que hay en esa escuela, el niño puede percibir que la exigencia de ese esfuerzo por adaptarse no valió la pena o que su familia no lo valora. ¿Por qué escogieron esta escuela si no les gustan mis maestros y sus acciones? 

Al niño o a la niña le puede gustar o no la escuela y le puede gustar o no el maestro o la maestra que tiene ese curso, al fin y al cabo, él o ella no ha decidido nada de esto. Pero le puede parecer extraño o muy extraño que esto ocurra con su padre o su madre, pues fueron ellos o ellas quien tomaron esa decisión. 

Si esto se repite en muchas ocasiones y los padres o las madres adoptan actitudes confrontativas habitualmente con la escuela, en las que no muestran ni un atisbo de autocrítica o de capacidad de reflexión, el niño o la niña acaba pensando que su familia no toma muy en serio sus propias decisiones dejándolo a él o ella en una postura muy delicada y de alta vulnerabilidad. 

Esta semilla se siembra muy profundamente y, el día de mañana, en el tira y afloja que puede suponer la adolescencia, los niños y las niñas transformados en personas un poco más mayores, al percibir las inconsistencias de sus familias, muy seguramente, no tomaran muy en serio las indicaciones de las mismas. 

En ese sentido, conviene reflexionar y tomar decisiones consecuentes pues vivir y perpetuar una inconsistencia familiar puede menoscabar los valores de un niño o de una niña. Por eso, cuando atacamos a un maestro o maestra o a la misma escuela, más vale reflexionar y saber que las actitudes defensivas y sobreprotectoras pueden herir de forma irremediable a nuestros hijos y nuestras hijas. 

Como nuestros hijos e hijas, no son nuestros ni nuestras (son de la vida) más vale que lo tengamos presente y les ayudemos a volar con seguridad y consistencia facilitando que crezcan como adultos y adultas libres y autónomos que actúan a su favor y no en su contra. 

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